¿Si Dios existiera, sabría siquiera qué son las emociones? ¿O para Él nuestro mundo sería como una película vista un millón de veces, sin una sola sorpresa?
Propongo una explicación poco común, basada en observaciones, análisis y deducciones lógicas. Algunas ideas surgieron en mi mente como destellos de inspiración. Por eso no reclamo autoría exclusiva: solo comparto reflexiones.
Consideremos tres etapas de la vida humana: la infancia, la madurez y la vejez.
La infancia es la época de máxima emotividad. Recuerden cómo reacciona un niño al encontrarse con algo nuevo: se ríe, se asombra, llora. Lo que para un adulto resulta ordinario, para un niño se convierte en fuente de vivencias intensas. Los neurólogos lo confirman: junto con los primeros indicios de conciencia aparecen las primeras emociones. Esta es una dinámica normal y necesaria del desarrollo: así es como el niño conoce el mundo. Observamos algo similar en personas con actividad intelectual limitada: su interacción con la realidad también es profundamente emotiva. (Hablamos específicamente de trastornos cognitivos, no de otros desórdenes.)
De aquí se desprende una primera conclusión: el desarrollo intelectual está de algún modo vinculado a la actividad emocional. Guardémosla en mente.
La madurez, por el contrario, es una etapa de contención. Ya lo hemos «probado todo»: el helado ya no sabe tan bien, las películas ya no son tan brillantes, los chistes ya no son tan graciosos. Nos cuesta sorprendernos. Y justamente en esta etapa alcanzamos el pico de nuestro desarrollo intelectual. La novedad disminuye… y con ella, las emociones.
La vejez nos devuelve a la emotividad, pero ya sin afán de conocimiento. Las personas mayores a menudo se ríen con videos sencillos o se alteran con facilidad, pero esto ya no es el descubrimiento infantil del mundo, sino más bien el eco de sentimientos sobre un fondo de actividad cognitiva en declive. Aquí no hay apertura gozosa al mundo. En su lugar, hay una extracción forzada de los últimos restos de energía emocional mediante el sufrimiento. Las enfermedades, el dolor, la pérdida de seres queridos, la soledad… todo esto no son solo cargas de la edad. Quizá sean mecanismos que obligan al cuerpo a seguir generando emociones, aunque sean negativas. Porque si las emociones son la esencia de la vida, incluso en su declive el organismo se aferra a ellas a toda costa.
Así, las tres etapas de la vida —infancia, madurez y vejez— muestran una dinámica clara: cuanto mayor es el nivel de desarrollo cognitivo, más débil es la reacción emocional ante los estímulos externos. Esto nos permite formular una hipótesis:
La intensidad de las emociones es inversamente proporcional al nivel de desarrollo intelectual.
Supongamos que el ser humano fue creado por un ser de orden superior: Dios. Su desarrollo intelectual es incomparablemente mayor que el nuestro. Entonces, según nuestra hipótesis, Él estaría casi desprovisto de emociones. Después de todo, lo sabe todo —incluido lo que aún no ha ocurrido—. Él mismo creó este mundo y ha «recorrido» todos sus escenarios infinitas veces. En una realidad así, ni siquiera el chiste más brillante provocaría una sonrisa.
Surge entonces una pregunta:
¿Acaso nuestras limitaciones intelectuales —junto con la brevedad de la memoria y la vida— no son una condición necesaria para experimentar emociones?
Y, más ampliamente: ¿por qué el Creador nos habría hecho?
Quizá las emociones sean una forma especial de energía: esa misma materia primordial del universo que los antiguos llamaron Éter. Tal vez esta energía no solo alimenta nuestra existencia, sino también al propio Creador. Nosotros no somos meros observadores, sino generadores de Éter emocional, sin el cual ni siquiera una mente suprema podría existir plenamente.
Si es así, nuestras capacidades mentales y la duración de la vida no son una carencia, sino una condición necesaria para producir esta energía. Nos dotaron deliberadamente de una mente «estrecha» para que pudiéramos asombrarnos, sufrir, alegrarnos… una y otra vez. Nuestra memoria borra impresiones no por debilidad, sino para darnos la oportunidad de vivir una emoción como si fuera la primera vez.
Y esos 70–100 años no son simplemente un plazo, sino la capacidad de un depósito: en ese tiempo agotamos el potencial de novedad y dejamos de generar emociones intensas. «Si no generas, al cajón».
Imaginen un futuro en el que las emociones y las capacidades mentales se midan con precisión. Propongo introducir el concepto de mentalía —como unidad de medida de la cantidad de mente, análoga a cómo se miden las emociones. Hoy esto ya no es ciencia ficción: tomógrafos, electroencefalogramas y neurointerfaces permiten evaluar objetivamente no solo la actividad cerebral, sino también la profundidad de la conciencia. Pronto hablaremos no de un «coeficiente intelectual alto», sino de una «cantidad de mentalías» —como medida de la capacidad de dar sentido, y no solo de resolver problemas.
En la descripción de una película se indicará su composición emocional:
30 unidades de alegría, 5 de miedo, 12 de nostalgia, 2 de melancolía…
Y el nivel de mentalía del espectador se tendrá en cuenta al recomendar contenido. El psicólogo no recetará pastillas, sino «terapia emocional»: «Mire una película con 7 unidades de consuelo y 3 de esperanza». Quizá así funcionen también nuestros sueños: mientras dormimos, el cerebro realiza una terapia interna, proyectando distintas «películas», y al despertar comenzamos el día «con una hoja en blanco».
Si esta hipótesis es correcta, podría transformarlo todo: desde la medicina hasta la cosmología. Tal vez nuestro cuerpo mida la calidad y cantidad de emociones… y, con base en ello, regule nuestra salud y longevidad.
Llenen su vida de emociones. Vuélvanse cazadores de ellas.
Expríman las de todo lo posible —legalmente 😉, de los libros, los encuentros, la música, la naturaleza, incluso de las dificultades. Porque quizá, en el momento en que dejamos de sentir, el cuerpo active enfermedades para obligarnos a generar emociones… aunque eso nos cause dolor.
Estar vivo es emitir emociones.