La Hacienda del Villar.
Lorena. – Ya puede servir.
Juan Carlos. – ¡Buenos días!
Don Gustavo del Villar.– Juan Carlos, ¿cómo te ha ido en la Universidad?
Lorena. – ¿Cómo quieres que le vaya, papá?
Juan Carlos. – Por si no lo sabes, me ha ido muy bien. Acabo de presentar un examen de anatomía y saqué exelente calificación.
Don Gustavo del Villar. – Ya falta poco para que termines a tu сarrera.
La Estación de trenes.
.María. – Perdone, usted, la pregunta, ¿quién esl el jefe aquí?
El jefe de la estación. – Yo soy, ¿qué quieres?
María. – Dirá usted señor. Yo soy María López y quiero ver a mi amiga Crisanta.
El jefe de la estación. – Aquí no hay ninguna Crisanta.
María. – Ya lo sé, señor. Crisanta es una amiga mía que trabaja aquí en la capital, se llama Crisanta Fernández.
.El jefe de la estación. – ¿Sabes dónde vive?
María. – Pues no, por eso se lo pregunto a usted.
El jefe de la estación. – ¿Y cómo diablos quieres que lo sepa yo si ni la conozco?
María. – ¿No? Pues, ¿quién no es usted el jefe de la estación? En mi pueblo el jefe conoce a todo el mundo y sabe dónde vive.
El jefe de la estación. – ¡Santo cielo! Pues ¿de dónde vienes? ¿Qué no sabes lo que es la capital? Aquí no nos conocemos ni los que trabajamos en esta terminal.
La Hacienda del Villar.
Don Gustavo del Villar.– Quería pedirte que me acompañaras a hacerme un electrocardiograma. ¿Sabes? No me he sentido muy bien últimamente, y siendo tú ya casi un medico.
Juan Carlos. – Lo siento, papá, hoy imposible, tengo otro examen.
Don Gustavo del Villar. – Después de tu examen entonces.
Juan Carlos. – No, ignoro a qué hora termine, papá.
Don Gustavo del Villar. – Bueno, en la tarde si prefieres.
Juan Carlos. – Tengo que hacer un trabajo muy difícil, lo siento. ¿Por qué no te acompaña Lorena? Nos vemos.
Lorena. – ¿Y tú le crees, papá?
La Estación de trenes.
El jefe de la estación. – ¿Cómo es que viniste sin conocer a nadie?
María. – Vine en el tren como Crisanta, a trabajar como ella.
El jefe de la estación. – Así que vienes a trabajar, pero no tienes a donde ir.
María. – Así es.
El jefe de la estación. – Bueno, haremos nuestra buena obra del día, ¿quieres que te busque una casa para servir?
María. – Pues si no es mucha molestia.
El jefe de la estación. – Déjame ver el periódico a ver sit e encuentro algo.
La casa de la señora Urquiaga.
Rita. – ¡Buenos días, señora Urquiaga! Ya veo que aún no ha conseguido sirvienta.
Señora Urquiaga. – No, Rita, puse un anuncio en el periódico, pero nadie ha llamado.
Rita. – Bueno, pues si yo sé de alguien, ahí le aviso, ¿eh?
La Estación de trenes.
El jefe de la estación. – Mira, aquí solicitan una empleada doméstica. ¡Vamos a probar! A ver.
¿Bueno? Hablo por el anuncio del periódico, señora. ¿Ustedes necesitan a una muchacha?
Señora Urquiaga. –¡Y no sabe cómo!
El jefe de la estación. – Bueno, aquí en la estación de treneses hay una muchacha que llegó para colocarse.
Señora Urquiaga. – Perdone, ¿con quién hablo?
El jefe de la estación. – Habla el jefe de la estación, señora.
Señora Urquiaga. – ¿La muchacha es recién llegada?
El jefe de la estación. – Justamente. Como quien dice, acaba de bajar del tren.
Señora Urquiaga. – ¿Qué edad tiene?
El jefe de la estación. – ¿Qué edad tienes?
María. – 18 años.
El jefe de la estación. – 18 años, señora.
Señora Urquiaga. – ¿Se ve sana?
El jefe de la estación. – Sí, me parece sana.
María. – Soy sana.
El jefe de la estación. – Muy bien. Ay, por el sueldo no se preocupe, necesita casa y comida, no tiene a donde ir. Muy bien, se la mando en enseguida con Patillo. ¿A qué dirección? Aja.
María. – Ya tengo trabajo.
La casa de la señora Urquiaga.
Señora Urquiaga. – Muchas gracias, muy amable.
La Hacienda del Villar.
Don Gustavo del Villar.– ¿Nos vamos ya, hija?
Lorena. – Cuando gustes, aunque debería de ser Juan Carlos el que te acompañara al doctor.
La casa de la señora Urquiaga.
Señora Urquiaga. – ¿Traes alguna recomendación?
María. – ¿Reco qué? Pues, no sé ¿qué sea eso?
Señora Urquiaga. – Sí, una carta de tu patrón anterior.
María. – Pues, ¿cuál patrón? Si acabo de llegar. El jefe de la estación me dijo que con usted podia trabajar.
Señora Urquiaga. – Bueno, si el jefe de la estación te manda, probaremos. Si me sirves, del sueldo hablaremos después. No cualquiera toma a una recién llegada y sin recomendaciones. Veremos. ¿Comiste algo? ¿Desde cuándo no comes?
María. – Desde que salí de mi casa.
Señora Urquiaga. – Bueno, vamos a ir a tu cuarto. Dentro del ropero hay un uniforme, te lo pones y luego vienes a la cocina.
María. – Sí.
Señora Urquiaga. – Se dice, “sí, señora”.
María. – Sí, señora.
La Hacienda del Villar.
Juan Carlos. – ¡Buenas noches!
Don Gustavo del Villar.– No me digas que a esta hora estuviste en la Universidad.
Juan Carlos. – Sí, papa, estuve hacienda un trabajo el la biblioteca.
Lorena. – Seguro que con ese trabajito te recibes de médico.
Juan Carlos. – Seguro que sí.
La casa de la señora Urquiaga.
María. – ¿De qué se ríe usted, señora?
Señora Urquiaga. – De nada, María. Estás trabajando bien.
María. – ¿De veras, senora? Ya ve ¿cómo no le hacía falta esa recomendación?
Rita. – ¡Hola!
María. – ¿Quiubo? No, no, no puede pasar. No puedes pasar.
Rita. – Pero si esta es como mi casa, mujer.
María. – Yo no te conozco.
Rita. – No. no, pero yo sí conozco bien el camino por aquí.
María. – No, pero la señora se puede enojar.
Rita. – ¡Pásate tú por aca!
María. – ¡Tú no puedes pasar por aquí!
Rita. – ¿Por qué dices que no? Yo trabajo en la casa de aquí junto. Hace 2 semanas que te estoy viendo, trabajas como una esclava. ¿Es la primera vez que sirves en una casa?
María. – Sí.
Rita. – Ya, se nota. Todas empezamos así, pero no te mates tanto, ninguna patrona lo agradece.
María. – La señora no es mala.
Rita. – Porque no le conviene, pero si se pone pesada, te vas. Ninguna es mala mientras te necesita. Y cuando ya no le haces falta, te dan la patada. ¿Cómo te llamas?
María. – María.
Rita. –Yo soy Rita. Dime, ¿Nunca sales?
María. – ¿Pa’que? No tengo donde ir, no conozco a nadie.
Rita. – ¿Quieres salir conmigo el domingo que viene?
María. – Pues, si tú quieres llevarme. Me gustaría conocer algo de la ciudad.
Rita. – Claro que quiero llevarte, por eso te lo estoy diciendo.
María. – ¿Hace mucho que vives aquí?
Rita. – No, en esta casa no, pero ya va para 6 años que me vine para acá. Una amiga mía que se fue para el pueblo me dio su lugar en una casa donde servía. ¿Entonces qué? ¿Salimos el domingo que viene?
María. – Pues no sé deje la señora.
Rita. – Ay, ¿pero por qué no iba a dejarte? Tiene que darte un día a la semana.
María. – ¿Un día entero?
Rita. – Sí, y 2 tardes. Es la costumbre, no debes de romperla.
María. – Pues, voy a decirle, a ver si no se enoja.
Rita. – Ya te dije que no tiene por qué enojarse. Tú tienes que defender tus derechos. Espero que tendrás otro vestidito. No se te ocurrirá ir de uniforme, ¿verdad?
María. – Tengo el traje de mi casa.
Rita. – Bueno, ojalá estés presentable. Y ya te dije, ponte firme, ¡no dejes que la señora te niegue la salida.
El parque de Chapultepec.
María. – ¿Sabes, Rita? Me da rete harto gusto ver que no estaba loca como decían mis amigas.
Rita. – ¿Por qué ibas a estar loca?
María. – Pues, por querer venir a la capital. Decían que me iba a morir de hambre. Y ya ves, tengo trabajo y un cuarto pa’ mi solita y estoy conociendo todo esto.
Rita. –Y lo que te falta por ver, ¿eh? ¡Tú júntate conmigo! Oye, ¿ya te fijaste en esos muchachos que nos están mirando desde hace rato?
María. – Sí, pues. ¿Y qué tanto nos ven?
Rita. – Ay, qué ranchera eres, ¡no te apenes! Míralos, están bien guapos. ¿A poco no?
María. – Ay, Rita, ¿qué cosas dices?
Rita. – Ahí viene, ahí vienen.
Juan Carlos. – ¿Están solas? ¿Les hacemos companía?
Rita. – Pues, ¿si no tienen nada mejor qué hacer?
Juan Carlos. – Al contrario, mi amigo y yo estabamos esperando el momento oportuno para acercarnos.
Alberto. – Por si tenían compromise o esperaban a alguien no queríamos molestar.
Juan Carlos. – ¿Me das un lugarcito, presiosa?
María. - ¿Yo?
Juan Carlos. – Si se corre un poquito, podría sentarme a su lado.
Rita. - ¡Hazte un poco para acá, María! Para se queda sentar el jóven. Ay, es que mi amiga acaba de llegar de fuera.
Juan Carlos. – ¿Ah, sí? ¿Y cuándo hace que está aquí?
María. – 3 semanas.
Juan Carlos. – ¿Y no conoce la capital?
María. – Casi nada. La estación de trenes y ahora esto. Es la primera ves que salgo.
Juan Carlos. – Qué bien, así yo podré enseñarle la ciudad. ¿Me lo permite? Yo nací aquí en la Ciudad de México. Imagínese si no la conoceré bien. La voy a llevar por todas partes y pronto aprenderá a andar sola por toda la ciudad.
María. – Creo que nunca voy a aprender. Hay tantos camiones y tantos coches, y tanta gente y todos corren y gritan.
Alberto. – Ya se acostumbrará.
Rita. – Es cierto, ¡Veme! Aprendí tan rápido que parece que ya soy de aquí.
Alberto. – ¿Por qué no vamos a caminar un poco?
Juan Carlos. – Tengo una idea mejor. ¿Qué les parece que si vamos a bailar?
Rita. – Ay, sí, sí, me encanta bailar, sí.
María. – Es que, es que no sé bailar.
Juan Carlos. – Mejor que major. Así yo tendré oportunidad de enseñarle. Una muchacha tan linda no puede seguir sin saber bailar.
María. – ¿Y a qué hora volveremos, Rita? Por que la señora...
Rita. – ¿Tu mama te dijo que llegarás temprano?
María. – Antes de la 9.
Rita. – Ay, ¡no le hagas caso! Y vamos a divertirnos.
El centro de baile.
Juan Carlos. – ¿ Viniste a la capital con tu familia?
María. – No. Vine sola.
Juan Carlos. – ¿Y qué hace rato Rita no se refería a tu mamá?
María. – Mi mamá murió hace tiempo. Mi tata se quedó allá en mi campo con mis hermanos. Y estoy sirviendo en una casa.
DJ. – Y ahora por los enamorados, “Y la amo”.
Juan Carlos. – Vamos a bailar. Tenemos que volver a vernos.
María. – ¿Vernos?
Juan Carlos. – Claro, salir, pasear juntos, contarnos nuestras cosas, ser amigos. ¿Nunca tuviste novio?
María. – Pues. ¿Cómo cree que no? Cuando tenía 11 años y otro que se me de claro cuando tenía 13.
Juan Carlos. – ¿Nunca te besaron?
María. – Ay, ¿qué está haciendo? Déjeme.
Juan Carlos. – Tienes una boca tan linda.
María. – Por favor.
Juan Carlos. – ¿Es que no te gusto? ¿De veras no te gusto?
María. – No es que no me guste.
Juan Carlos. – ¿Qué es entonces?
María. – Es que nos estan mirando, y yo ni lo conozco a usted, ni sé cómo se llama.
Juan Carlos. – Juan Carlos del Villar. Vivo con mi padre y una hermana mayor que yo. Estudio medicina, ¿satisfecha? Quiero Volver a verte, María. ¿Quieres?
María. – Sí. Sí.
La casa de la señora Urquiaga.
Rita. - ¿Te pidió que se vieran de nuevo?
María. – Sí, quedamos de vernos el domingo que entra.
Rita. – Ay.
María. – Y ahora sí yo me voy.
La Hacienda del Villar.
Juan Carlos. – De domingo a domingo te vengo a ver. Cuando será domingo Cielito lindo para volver. María el domingo que viene tiene la otra salida, y yo firme.
Alberto. – Te veo muy acaramelado.
Juan Carlos. – No hay que perder el tiempo.
Alberto. – La otra es más viva, bastante colmilluda.
Juan Carlos. – No, esta no, esta es sincera. Me dijo que trabajaba de dómestica.
Alberto. – ¿De verdad?
Juan Carlos. – Sí, de verdad y nunca tuvo novio. Míra qué hallazgo.
Alberto. – Deben ser cuentos.
Juan Carlos. – No me pareció, si ni besar sabe. Va a ser divertido. Tiene los ojos más bonitos que he visto. Limpios y transparentes, su mirada sin sombras, tan confiada, tan abierta. Va a ser muy divertido, te juro que sí.
La casa de Víctor Carreño.
Víctor. – Por eso me gustan los domingos, después de una bonita misa, una deliciosa taquiza.
??? – No falta nada.
Don Chema. – Ni el hambre.
Doña Mati. – Ya veo que tienen todo listo para pasar un lindo domingo.
Don Chema. – Lo que tememos preparado es el estomágo.
Una calle.
María. – ¡Buenas tardes, Juan Carlos!
Juan Carlos. – Muy buenas. María, ¿cómo estás?
María. – ¿Llevas esperando mucho?
Juan Carlos. – Pues sí, esperé 20 minutos. Dijiste que vendrías a las 3.
María. – Es que no pude venir antes, porque tenía rete harto que hacer. La señora me dijo que tenía que acabar antes de salir.
Juan Carlos. – Pues parece que esta señora abusa bastante. Lo mismo pasó hace 8 días.
La casa de Víctor Careño.
Víctor. – ¿Rita?, ¡que sorpresa verte por acá en domingo! Y no los días que tienes clases conmigo.
Rita. – A eso vine, a disculparme por haber faltado tanto a clase. Lo que pasa es que la señora no me dejaba salir.
Víctor. – ¿La señora o los pretendientes?
Rita. – Bueno. La verdad es que he estado un poco...
Víctor. – Yo sé la verdad. Puedes sentarte y te invito a un agua fresca y escuchar la mejor música de este país. ¡Ven!
Una calle.
Juan Carlos. – ¿Te gusta el nombre de restaurante? ¡Míralo! ahí arriba. ¿Qué pasa? ¿Qué te pasa, María?
María. – Que no sé leer.
Juan Carlos. – Vaya, pues. Para que lo sepas, se llama “María bonita”. Bonita, como tú.
El restaurante “María bonita”.
Juan Carlos. – A ver, dime, ¿cómo está eso de que no sabes leer?
María. – Nunca me enseñaron.
Juan Carlos. – ¿Qué no hay escuela en tu pueblo?
María. – Sí, hay. Pero yo vivía en el campo.
Juan Carlos. – ¿Y es tan difícil llegar allá?
María. – No, otras niñas sí iban, pero a mí no me mandaron.
Juan Carlos. – ¿Por qué?
María. – Porque tenía que cuidar a mis hermanitos, yo soy la mayor. Mi mamá murio cuando yo tenía un poco más de 8 años. Mi tata se iba al campo y nos quedábamos solos en la casa.
Juan Carlos. – ¿Cuántos son?
María. – 6 conmigo.
Juan Carlos. – Así que tienes 5 hermanos.
María. – Pues sí.
Juan Carlos. – ¿Y ahora con quién se quedaron esas criaturas?
María. – Con el tata.
Juan Carlos. – ¿Él te mandó a la capital?
María. – No, no. Pero tanto hablaba y hablaba de venirme que él me dijo que me viniera si tanto lo quería.
Juan Carlos. – ¿Quién cuida ahora a los chicos, María?
María. – Mi hermana, la que me sigue. Ya todos están más grandes y ya no dan tanto trabajo. Así también puedo mandarles algo cada mes.
Juan Carlos. – ¿Y va a alcanzarte?
María. – Que si yo no necesito nada, tengo casa y comida. Ni siquiera tengo que gastar en ropa. La señora me da el uniforme.
Juan Carlos. – María.
La casa de la señora Urquiaga.
María. - ¿Vas a salir con Alberto?
Rita. – No, con cualquiera saldría menos con ese.
María. - ¿No te gustaba Alberto?
Rita. – Sí, pero es un vivales, y conmigo no. Chiquita, yo no nací ayer.
María. - ¿Qué es un vivales? ¿Por qué le dices así?
Rita. – Porque busca lo que todos y yo no quiero líos.
María. – No te entiendo.
Rita. – Ay, ¡No te hagas la inocente! Y cuídate, por que el tal Juan Carlos ha de ser exactamente igual que su amigo.
María. - ¿Qué quieres decir?
Rita. – Que todos esos ricachones son iguales. Creen que uno está nada más para servirles de burla. Pero de mí no se ríe nadie. Y ya te digo, cuídate de Juan Carlos.
María. – Ahora sí, te entendí, pero no, Juan Carlos es distinto. Él no va areirse de mí.
Rita. – ¡No te fíes!
María. – Él me quiere, lo mismo que yo a él.
Rita. – Pues allá tú. Y si quiere que te acompañe al correo, vamos de una vez.
Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM)
Alberto. – Hola, Juan Carlos, ¿tú en la facultad? ¿Qué pasa? ¿Decidiste regenerarte?
Juan Carlos. – Siento que mi hermana Lorena sospecha que en la universidad no me va bien. Y si no estudio tendré que trabajar.
Alberto. – También ya ni las muelas, ¿cuándo ingresaste?
Juan Carlos. – Que sé yo. Hace un montón de años. Ya tuve tiempo de recibirme.
Alberto. – ¿Y estás en segundo año?
Juan Carlos. – ¡Cállate! El viejo cree que en cuatro.
Alberto. – El mío me mata si hago una cosa así.
Juan Carlos. – Pero si tú eres una rata de biblioteca.
Alberto. – ¿Tú crees que me gusta estudiar?
Juan Carlos. – Pues yo te veo muy apurado por ser médico, ¿no?
Alberto. – A veces me dan ganas de tirar los libros por la ventana. ¿Pero qué se hace? Si me metí en esto tengo que salir adelante. Sin contar con que Brenda me espera hace 5 años.
Juan Carlos. – Encima te quieres casar.
Alberto. – Eso es inevitable, tarde o temprano.
Juan Carlos. – Para ti. Poque a mí no me agarra ni muerto.
Alberto. – A propósito, ¿qué tal te va con la María?
Juan Carlos. – Muy bien, ¿y su amiga?
Alberto. – No quiso saber nada. Me mandó a volar. Ten cuidado, no le vaya a dar consejos a María y también te deje.
Juan Carlos. – Ya me emcargarré de neutralizar los consejos de Rita.
El cafetería.
Rita. – Maestro Víctor, ¿qué hace por acá?
Víctor. – Ay. Disculpen, disculpen.
Rita. – No tanta. Esta es María , María López.
Víctor. – Encantado, María, yo soy Víctor Carreño. Les invito unos churros.
Rita. – Qué suerte encontrarlo, maestro.
Víctor. – Suerte para mí, encontrarlas. Siéntate. Préstame los libros. ¿Hoy sí vas a las clases, Rita? Tienes que estudiar.
María. – ¿Estudiar qué? ¿Dónde da clases, maestro?
Víctor. – En la mañana en una escuela pública.
Rita. – Y en las noches a la gente del barrio.
María. – ¿Y cobra mucho por las lecciones?
Víctor. – No, no, nada.
María. – ¿Nada?
Víctor. – Son gratis, para los que quieran ir. ¡Ve con Rita en la noche!
María. – Es que yo... Pues se le haga raro porque yo estoy re grande, pero quiero aprender, a leer y escribir.
Víctor. – Entonces, con mayor razón debes ir, María. Churros y chocolates para ellas 2, por favor.
Garçon. – Claro.
María. – Pero allá habrá rete harta gente y me da mucha vergüenza. Se van a dar cuenta que no sé leer ni escribir.
Víctor. –¿Vergüenza por qué? ¿Tú te negaste a aprender? ¿Es culpa tuyya no saber?
María. – ¿Qué va? Cuando era chica tenía rete hartas ganas de ir a la escuela, pero mis hermanos estaban tan chiquitos y había tanto que hacer en la casa con la comida y la limpieza. Y luego pues tenía que echar una mano en los sempbrados pa’ ayudar al tata.
Víctor. –¿Él te lo pedía?
María. – No, no, pero yo lo vi tan solo y tan necesitado que ¿cómo no le iba a ayudar?
Víctor. – Ya lo ves. No tienes por qué avergonzarte. Antes no pudiste, pero ahora sí puedes. Así que te espero, serás bien recibida. Gracias.
María. – ¿Este es el churro?
Rita. – Sí, ¿te gusta?
María. – Están rete ricos.
La casa de Víctor Carreño.
Víctor. – María.
El campo de Polo.
Juan Carlos. – ¿Qué pasó, Arturo? ¿Te gustan los caballos, María?
María. – Mucho.
Juan Carlos. –¿Y qué te parecen estos?
María. – Rete bonitos, más bonitos que el burro que tenía en mi pueblo.
La casa de Víctor Carreño.
Víctor. – María. ¡Que ingenua belleza!
El campo de Polo.
María. – Eres muy valiente. No, no que nos pueden ver.
Juan Carlos. –Y se morirán de envidia.
María. – ¿De veras te gusto, Juan Carlos? – ¿De veras te parezco bonita?
Juan Carlos. – ¿Cómo no vas a gustarme con esa boca y esa sintura que se quiebra al andar esos ojos y ese pelo tan negro?
María. – ¿No te lo aparece demasiado negro?
Juan Carlos. – ¿Por qué habría de parecermelo?
María. – ¿No te importa qué yo sea india?
Juan Carlos. – Me importas tú, tal como eres con tu pelo negro y tu piel color canela. No quiero pensar en tu piel, María.
María. – ¿Por qué?
Juan Carlos. – Porque me vuelves loco y no sé ni lo que digo, ni lo que hago. Y no quisiera que te enojaras conmigo.
María. – ¿Y por qué habría de enojarme contigo?
Juan Carlos. – ¿Me prometes que no te enojarás?
María. – ¿Qué vas a decir o hacer?
Juan Carlos. – Quiero besarte mucho.
María. – No, no, luego, cuando nos vayamos.
Juan Carlos. – Lo ves, necesitamos estar solos. Encontrar el sitio donde nadie nos mire. Y yo puedo besarte así.
María. – Ay, no, luego, luego.